viernes, 18 de noviembre de 2016

Lo que Harry Potter significó para toda una generación


Hay algo que agradeceré toda mi vida a Pepita, mi profesora de 6º de Primaria. Y es que, a la edad de 11 años –cuando el protagonista del libro y yo teníamos la misma edad- nos mandara a mí y a mis compañeros de clase leer Harry Potter y la piedra filosofal.

Aquello fue un regalo para mí. A raíz de ese momento, no sólo leí siete buenos libros, sino que entré en un Universo mágico y maravilloso del que ya no quise –ni nunca querré- salir.

Yo tuve la inmensa suerte de ser una de esas niñas, y más tarde adolescente, que creció al mismo tiempo que el joven mago. Tuve la suerte de esperar cada nuevo libro como si me fuera la vida en ello. Tuve la suerte de crear en mi cabeza un mundo, que además era compartido con muchos de mis amigos, que más tarde ocho películas supieron retratar exactamente como había imaginado. Harry Potter es, como las Spice Girls o El Rey León, un símbolo para la gente de mi generación.

Años más tarde de haber descubierto Hogwarts y todo su Universo –15 para ser exactos-, fui con el que hoy es mi marido a visitar los estudios originales en los que se grabaron las películas. Literalmente, entramos en El Gran Comedor, en la sala común de  Gryffindor, en La Madriguera, en el Ministerio de Magia, en el despacho de Dumbledore, en la alacena de debajo de la escalera… aquello fue increíble.

Ahí estábamos, dos personas que habían crecido devorando los libros de Harry Potter, hiperventilando, retroalimentándonos el uno al otro recordando hasta el más nimio detalle de la saga. “¡Mira! ¡Es la diadema de Rowena Ravenclaw, son las máscaras de los Mortífagos, es el retrato de la Señora Gorda, es el Pensadero de Dumbledore...!”

Al acabar la visita, compramos un sello de Hogwarts con los que lacramos las invitaciones de nuestra boda. Y lo hicimos como un homenaje a esos libros en los que está todo lo que necesitas saber de la vida. Y no, no exagero. Harry Potter nos enseña que merece la pena ser valientes, que merece la pena ser buenos, que merece la pena ser leales a nuestros amigos y a la gente que queremos y sobre todo, que merece la pena luchar por lo que es justo.

Muchas veces te preguntan aquello de que si existiera la magia, qué deseo le pedirías. Y yo siempre respondo que pediría la magia en sí misma. Pediría que Harry Potter y todo su Universo no existiese sólo en esos libros que guardo como un tesoro y que espero que algún día lean mis hijos. Pediría haber ido a Hogwarts, evidentemente a Gryffindor, por supuesto jugando al Quidditch y está claro que alistándome en La Orden del Fénix.

Aunque porque todo esto fuera cierto, fijaos lo que os digo, estaría dispuesta hasta a ir a Slytherin.

Hoy se estrena la película Animales Fantásticos y dónde encontrarlos, que ha servido para reavivar en los últimos días el espíritu de Harry Potter. Por supuesto iré a verla, pero siendo muy consciente de que uno va a ver este tipo de películas como quien ve el reencuentro de Operación Triunfo: porque quiere revivir las sensaciones que tuviste cuando descubriste todo aquello y recordar quién eras entonces. Como cuando fui a ver El hobbit para reencontrarme con Rivendel, La Comarca, y todo lo demás.

Pero no es lo mismo, porque ninguno de esos momentos va a volver. Y ojo, eso está bien. Es un poco por la misma razón por la que no quiero que vuelva Friends, o por la que no voy a leer Harry Potter y el legado maldito, porque no forma parte de la saga, porque Harry Potter fue perfecto tal y como fue y así debe permanecer, y porque es imposible que una segunda parte cumpla con las expectativas de lo que cada uno de nosotros hemos imaginado sobre cómo es la vida en Hogwarts todos estos años después.

Harry Potter y su universo permanecerán para siempre en los corazones de los niños que le leímos, le admiramos y hasta le envidiamos, y su mundo es un lugar común entre todos nosotros al que siempre podremos volver. Y ésa es la mayor de las suertes. 

pd: una prueba tangible de que Harry Potter ha creado un impacto real en toda una generación de jóvenes es algo que hoy cuento en elmundo.es, una organización de activismo fan que descubrí hace poco y que me ha emocionado profundamente. ¡Maravillas de este mundo!

jueves, 27 de octubre de 2016

Canadá sí acoge

[AVISO: Este reportaje es, en realidad, antiguo. Está escrito en junio de 2016 y por, tanto, los datos que en él se dan, aunque en su momento eran exactos, no se corresponden con los actuales. Lo escribí con la idea de publicarlo en un medio, pero por cosas de la vida se quedó guardado en el cajón y ahora no me parecía honesto publicarlo tal cual... Aún así, creo que la historia que cuenta merece ser contada, así que por eso resucito mi antiguo blog para publicarlo. Espero que os guste.]

Caroline y la familia siria de acogida en una de sus primeras fotos de grupo. 
Cuando el pasado 3 de abril Jordi Évole le preguntó a Mariano Rajoy por qué España todavía no había recibido ni a 20 de los 16.000 refugiados que se comprometió a acoger en su día, el presidente del Gobierno en funciones le contestó que, desgraciadamente,  “las decisiones que toma la Unión Europea (UE) no van todo lo rápido que me gustaría”.

Nuestro país aceptó en septiembre la reubicación de 16.000 refugiados. Sin embargo, hasta la fecha, sólo han llegado 124, según ACNUR. Y aunque esta cifra no supone ni un 0,7% del total asignado a España, esto no impide al Ministerio del Interior difundir comunicados de prensa en los que afirma que somos  el cuarto país de la UE que mayor número de refugiados procedentes de Grecia e Italia reubica.

A pesar de que Rajoy se esforzara en subrayar en aquella entrevista que España no era el único país que estaba incumpliendo sus cuotas porque “estas cosas van lentas”, lo cierto es que hay claros ejemplos que demuestran que la realidad puede ser otra para miles de personas. Existe un país que, desde el otro lado del charco, está dando una lección a toda Europa sobre cómo integrar a aquel que lo ha dejado todo atrás. En Canadá, el famoso #RefugeesWelcome es más que un hashtag de Twitter o un cartel colgado en la fachada de un Ayuntamiento.

Desde noviembre, el país norteamericano ha dado la bienvenida a 27.580 sirios que han llegado a suelo canadiense para empezar una nueva vida lejos de la represión y la violencia. De todos ellos, más de 9.000 han sido reubicados a través de un sistema de acogimiento del que tanto el gobierno como la ciudadanía se sienten bastante orgullosos. Se trata del programa Sponsor a Refugee, cuya traducción literal sería algo así como “esponsorizar a un refugiado”, aunque quizás un término que se entienda mejor en castellano, aunque tampoco le sería del todo fiel, sería el de “apadrinamiento”.

Este plan, dotado con 100 millones de dólares canadienses  -unos 68 millones de euros -, se lanzó en noviembre, tan sólo unos días después de que el Primer Ministro Justin Trudeau alcanzara al poder. En él quedaba establecido que, de los 25.000 solicitantes de asilo que llegaran al país, una gran parte sería reasentada por la Administración, pero otra, por los propios ciudadanos.

Ciudadanos anónimos

Así, los canadienses que quisieran participar en la acogida de una familia refugiada podían hacerlo a través de un programa específico en el que, de forma privada, ayudarían a un grupo de refugiados a empezar de cero en su país. El Gobierno estableció cinco como la cifra mínima de ciudadanos mayores de 18 años que podían agruparse para  poner en marcha todo lo necesario para acoger a una familia: vivienda, ropa, transporte, atención sanitaria o ayuda con el idioma, entre otros.

Elizabeth Bromstein es una de las fundadoras de estos grupos de acogida. Publicista de 44 años y con una hija de tres “que está deseando conocer a su nueva amiga”, la niña de dos años hija de la pareja de sirios que su grupo, formado por 12 personas, acogerá en breve, cuenta que decidió formar parte de esto, sencillamente, “porque era lo correcto, lo que había que hacer”. “Mucha gente quiere ayudar con muchas cosas que van mal en el mundo pero no sabe por dónde empezar, y lo bueno del programa de ‘esponsorización’ es que te da una solución clara, algo que realmente puedes hacer”, explica.

Dijimos 'ya es suficiente'

A Caroline Pandeli, cineasta e hija de padre sirio, la guerra en el país donde pasó todos los veranos de su infancia le hacía sentir impotente. Aunque quería, no encontraba forma de ayudar. Pero entonces llegó la foto de Aylan, ese niño de tres años que apareció muerto en la playa turca de Bodrum tras hundirse la barca en la que huían. A raíz de su publicación, dice, “la gente a la que conocía empezó a actuar de una forma nunca vista. Fue el momento en el que los canadienses dijeron, por fin, que ya era suficiente”.

A raíz de la foto que dio la vuelta al mundo, una de sus compañeras de trabajo creó un grupo en Facebook en el que anunciaba que, como madre, no iba a quedarse de brazos cruzados ante esa situación, y que iba a hacer lo que estuviera en su mano para ayudar. Caroline le escribió, y poco a poco, se juntaron seis personas  dispuestas a acoger a una familia.

Antes de empezar los trámites de acogida con el Gobierno, realizaron una gala para recaudar fondos en la que consiguieron 34.000 euros. Con el dinero en sus manos, pusieron en marcha el papeleo esa misma semana. Así, Caroline y otras cinco personas más dieron la bienvenida, en febrero de este año, a una familia de tres miembros procedente de Homs (Siria), que hasta entonces había estado viviendo en un campo de Beirut (Líbano) esperando a ser reasentados en otro país.

Caroline y la familia siria de acogida llevan juntos a los niños al parque. 

Como un intercambio

Al aterrizar en Canadá, explica Caroline, “estaban muy confundidos y asustados, no sabían nada del programa de ‘apadrinamiento’, y tuvimos que explicarles en qué consistía”. “Una hora más tarde, ya se referían a nosotros como “su familia” y estábamos echándonos fotos juntos”, dice esta joven de 30 años, que explica que ella y el resto del grupo les han proporcionado a la familia un apartamento amueblado, les han ayudado a buscar médico, a abrirse una cuenta en el banco, a contratar Internet y teléfono móvil y a aprender inglés, entre otras muchas cosas.

“Pero lo más emotivo y quizás menos esperado es que, al final, esto acaba siendo más bien un intercambio: ellos me han dado a mí tanto como yo a ellos, no sólo porque me hayan conectado con mi pasado sirio, sino porque me han dado perspectiva. La posibilidad de, como ciudadana, poder acoger a una familia refugiada te hace darte cuenta de lo lejos que pueden llegar tus acciones”, explica esta canadiense, que cuenta que se reúne habitualmente con sus amigos sirios para tomar café, hacer picnics en el parque o llevar a los niños a actividades extraescolares.
Caroline y el grupo de acogida comen habitualmente con la familia siria. 
Según ha establecido el Gobierno, los ciudadanos deberán hacerse cargo de los gastos de la familia refugiada durante  los 12 primeros meses desde su llegada a Canadá o hasta que sean autosuficientes. “La mayoría de los programas duran un año, pero en algunas ocasiones la asistencia puede alargarse hasta tres”, explican desde el Gobierno, que ha puesto en marcha una web en la que piden a las empresas que se impliquen directamente y contraten a personas refugiadas. Como la autosuficiencia es, precisamente, el objetivo último del programa, los miembros del grupo deben ayudar a los adultos de la familia refugiada a buscar trabajo, pero nunca podrán forzarlos a aceptar cualquier oferta que les llegue.

Familias a la espera 

La familia de Caroline ya está a medio camino. El padre ha encontrado trabajo en una carnicería, y en estos momentos, el grupo  está trabajando para que la madre pueda cumplir su sueño de abrir una peluquería. 

Sin embargo, la familia a la que Elizabeth y sus compañeros de trabajo acogerán todavía no ha llegado, ni se sabe cuánto lo hará. Podría ser dentro de unas semanas o incluso meses. Tal y como explica ella misma explica, “creo que el Gobierno se dio mucha prisa con las primeras 25.000 solicitudes, pero luego paralizó las otras, y nosotros estamos listos para recibir a nuestra familia y hemos trabajado muchísimo para que esto sea posible, pero no sabemos cuándo van a venir”. Su visión es parecida a la de Caroline, que sostiene que hay “muchos grupos con pisos totalmente amueblados y el dinero preparado pero cuyas familias no tienen fecha de llegada”.

Elizabeth también pone de manifiesto que, desde su punto de vista, acoger a 25.000 personas no es algo descabellado para un país como el suyo: “A la gente de Canadá le encanta presumir de esto, pero la realidad es que podemos permitirnos ser generosos. Otros países, como Turquía, sí están literalmente desbordados, pero Canadá no está en esa situación”.

Mejor integración

Por su parte, Caroline cree que no debería de existir un límite al número de refugiados que los ciudadanos canadienses pudieran acoger: “Ésta es una forma muy efectiva que tienen los países de lidiar con esta crisis, porque no consume recursos del Estado y está demostrado que los refugiados que son acogidos por ciudadanos se integran mejor que los que son asistidos por el Gobierno”.

Aunque es difícil contrastar la veracidad de tal afirmación, lo cierto es que el relato de Caroline habla por sí mismo. Por el momento, ambas partes están más que felices con cómo ha ido todo. “La semana pasada estuve de vacaciones en París, y toda la familia me llamó para decirme lo mucho que me echaba de menos. También han comprado un regalo para el cumpleaños de mi sobrino, porque aseguran que mi familia es su familia. Son sólo dos ejemplos de lo mágico que es este programa”, explica entusiasmada.

El hijo sirio de la familia de acogida, de cuatro años, sonríe en Toronto. 
Al mismo tiempo, las personas a las que han ayudado a empezar una nueva vida se están adaptando muy bien a su nuevo país.  “El otro día, sin ir más lejos, íbamos con ellos por la calle cuando saludaron a una familia canadiense. Les preguntamos de qué los conocían y nos dijeron que los habían invitado a tomar café la tarde de antes. La hospitalidad árabe es increíble y no conoce fronteras”, dice Caroline, que cree que los sirios a los que han dado la bienvenida están muy agradecidos “no sólo porque se les ha dado una segunda oportunidad en la vida, sino porque se ha hecho con respeto y dignidad”.

Mientras que de un lado del mundo lleguen historias de éxito como estas, Europa celebró hace pocos días el Día Mundial del Refugiado inmersa en una crisis que está poniendo en peligro sus propios cimientos fundacionales y que no parece que vaya a solucionarse con el acuerdo firmado con Turquía. Van pasando los días y cada mañana  aparece una nueva foto, una nueva historia, un nuevo escándalo que revela la incapacidad –o la falta de voluntad- del viejo continente para dar una salida digna a miles de personas. La idea de Austria de internar a los refugiados en islas es sólo la última ocurrencia dentro de una sucesión de infamias. Los compromisos están ahí, pero sea por la razón que sea, no se cumplen.

Pero los ejemplos existen. Ahí está Canadá, que a través de un sistema, probablemente mejorable,  y con certeza imperfecto, ha acogido ya a más refugiados que Suecia, Bélgica, Portugal, Finlandia y Austria juntos.  Y lo ha hecho dándoles a los ciudadanos la posibilidad de participar de primera mano en este proceso: “Gracias a este programa me he dado cuenta de lo poderosa que es la gente corriente. Hemos sido capaces de crear puntos de información, grupos de donación de muebles, de ropa y mucho más. Nos hemos convertido en una gran comunidad que ha conseguido hacer ver a nuestro Gobierno, y a todo el mundo, lo decididos que estábamos de ayudar a otras personas”, concluye Caroline.